En
una realidad paralela a la nuestra, en un mundo similar al nuestro, en un país como
este: “Argenterra”. En una ciudad idéntica a la nuestra, existió en algún
tiempo, un hombre que se creía vivo. “Juan Pardo” se llamaba nuestro amigo.
Desde
pequeño, este señor se dedicó a ventajear a sus compañeros de grado, en el
colegio. Cuando le prestaban un lápiz para resolver un examen de matemáticas,
el útil volvía cambiado. Sus inocentes amigos le daban un ejemplar nuevo,
aunque cuando Juan lo devolvía, no era el mismo. Sino que era otro útil de
escritura completamente igual, pero que adentro tenía toda la mina rota. Si ese
nuevo lápiz perdía una sola vez la punta, no volvería a escribir nunca jamás.
Juan
se creía más que el resto. Él hacía esforzarse a los demás para poder comer.
Nunca trabajó. Mientras los otros se rompieran el lomo trabajando, él recibía
los beneficios de tan arduo labor.
A medida que fue creciendo, su viveza no
cambió. En la adolescencia, cuando juntaba figuritas para completar el álbum de
moda, engañaba a sus compañeros al intercambiar imágenes que tenían un valor
por otro. Aseguraba tener una que nadie
tenía y la cambiaba por miles, cuando su valor era el mínimo: sólo una. Pero Juan conseguía convencer a sus amigos,
porque por cada figurita que “el vivo” daba, recibía desde dos hasta diez
pegatinas.
Cuando
se hizo un poco más grande, continuaba igual. No tenía respeto ni por sus
propios amigos de toda la vida. Siempre que alguna reunión había, él nunca
pagaba. Las excusas eran el arma perfecta de Juan Pardo. No hay justificativo
que valga. Decía cosas como: “No tengo efectivo encima”; “Esta semana no tengo, pero la semana que viene
cobro”; “¿Sabés que ando con deudas? Te la debo”. Pero el que debía siempre era
él y que mejor que deberle a tus amigos. Para Juan, se traducían como deudas
que nunca iba a tener que pagar.
Luego
se hizo adulto, pero, su característica personalidad, no cambió en absoluto.
Seguía siendo el mismo ventajero de siempre. Pero los suyos, sus amigos, sus
familiares, la gente con la que se cruzaba, todavía confiaban en él. Tenía una
chispa, algo, no sé. Pero él era un vivo ejemplar de que sí la tenía. No existe
una justificación razonable. Sólo es que hay personas que gozan con esta
cualidad para mentir, convencer y hacer que los otros sufran para el regocijo
propio.
Sin
embargo, no siempre tuvo la suerte de engañar a todos. Un día Juan terminó del
otro lado del mostrador. Sufrió lo que tanto hizo padecer al resto de la
sociedad. Un día conoció a Jorge Alarga: un taimado, ventajero, chanta y tan
vivaracho que, en el rubro, Juan no le llegaba ni a los talones. De esas
personas que uno no debe confiar en absoluto. Merecidamente, la suerte le jugó
una mala pasada porque, esta información, no la conocía el “pobre Juan”.
De
esta manera, fue como, mientras el señor Pardo pensaba que se había hecho de la
amistad de un gran hombre y compañero, ocurría todo lo contrario. El encuentro
se produjo cuando Juan caminaba por la calle y entró a una feria. Dentro de los
puestos, había uno que se destacaba para la hábil mente de Juan, que esta vez
lo estaba traicionando.
El
puesto que dirigía Jorge era el más deslumbrante. Aunque simple. El señor
Alarga vendía al público el truco de adivinar dónde se encontraba la pelotita
blanca, entre los tres vasos que el “mago” iba mezclando.
Pero
Jorge era astuto. Las primeras vueltas dejaba ganar al público, aunque el juego
acomplejaba su dificultad, o al menos así, Alarga hacía. Al principio perdía
apenas algunas monedas, pero las recuperaba con fangotes de billetes que se
gastaba la gente. Algunos furiosos se arremetían contra él. Lo increíble es que
Jorge se defendía con los policías de turno ¡Terrible chanta!
Juan
quiso conocer al “mago”. Entablaron
amistad. Hicieron algunos negocios para beneficios de ambos. Les hicieron creer
a mujeres ancianas que eran sus nietos con la necesidad de dinero aunque el
objetivo era quitarles todos sus ahorros; pidieron muchos prestamos que pagaron
con billetes que ellos mismos emitían, entre otras innumerables cantidad de
delitos.
Sin
embargo, un día Jorge le soltó la mano a Juan. Como dicen: “Si vos sos malo,
seguro que hay alguien peor”. Eso le pasó a Pardo, quien resultó detenido,
mientras Alarga se escapó sin dejar rastros.
Un
día Juan y Jorge vendieron un objeto muy caro. Lo habían obtenido pagándolo muy
barato. Él objeto eran unas piedras preciosas que un banda de delincuentes
japoneses habían robado en el Museo Nacional de China. Se lo vendieron a los
jóvenes J para sacárselas de encima y no despertar sospechas dentro de las
autoridades asiáticas. Por muy poco dinero, Pardo y Alarga se hicieron con un
objeto que valía tanto como el oro.
Los
hombres de la historia vendieron las piedras preciosas a un coleccionista. Toda
la transacción fue filmada por la cámara del café, en donde estaban sentados,
cuando intercambiaron dinero por los objetos de lujo. El pago fue por $60.000.000,
cuando las habían pagado originalmente por menos de 5.000.000. Ellos las
compraron con plata en efectivo. El coleccionista se llevó las joyas por un
grandísimo cheque.
Los
J salieron del café en busca de un banco. El cheque lo atesoraba Juan, en su
billetera, porque temía que Jorge se fuera corriendo con la importante suma.
Sin embargo, luego de caminar dos calles fueron asaltados por un mal viviente.
¡No sólo le robaron las billeteras, sino también la ropa! Desdichados ambos
taimados se separaron y cada uno siguió su camino. Juan para su casa y Jorge
para la suya. Al entrar en su hogar, el último comenzó a reír y saltar en una
pata diciendo a viva voz: “¡Dale campeón!”
Pasaron
los días. Los jóvenes J ya no se hablaron. Juan llamó al celular de Jorge. Se
había ido del país, estaba en el Caribe, disfrutando de la playa y de la plata
que ambos habían conseguido. Para suerte de Jorge, estaba muy lejos de las
autoridades. Cuando oyó las palabras, Juan soltó el teléfono sin atinar a decir
sonido alguno o al menos a colgar. El móvil cayó al suelo, cuando nuestro
personaje entendió que Alarga lo había engañado completamente.
Luego
del llamado, se escuchó en la puerta del departamento de Juan Pardo: “Pum- pum-
pum. Abra la puerta o la tiramos. Somos la Interpool. Señor Juan Pardo tiene un
pedido de detención internacional. Debe entregarse, de inmediato, por el robo y
la comercialización de las Piedras Preciosas del Museo de China”.
En
ese momento, Juan descubrió que había terminado todo. La amistad con Jorge, la
suerte, el ser él que siempre cae de pie y bien parado como los gatos. Juan
pasó a ser uno más de todos los que Jorge había engañado.
VICENTE ROCA