domingo, 31 de mayo de 2020

ERA MUY VIVO


En una realidad paralela a la nuestra, en un mundo similar al nuestro, en un país como este: “Argenterra”. En una ciudad idéntica a la nuestra, existió en algún tiempo, un hombre que se creía vivo. “Juan Pardo” se llamaba nuestro amigo.

Desde pequeño, este señor se dedicó a ventajear a sus compañeros de grado, en el colegio. Cuando le prestaban un lápiz para resolver un examen de matemáticas, el útil volvía cambiado. Sus inocentes amigos le daban un ejemplar nuevo, aunque cuando Juan lo devolvía, no era el mismo. Sino que era otro útil de escritura completamente igual, pero que adentro tenía toda la mina rota. Si ese nuevo lápiz perdía una sola vez la punta, no volvería a escribir nunca jamás.

Juan se creía más que el resto. Él hacía esforzarse a los demás para poder comer. Nunca trabajó. Mientras los otros se rompieran el lomo trabajando, él recibía los beneficios de tan arduo labor.

A medida que fue creciendo, su viveza no cambió. En la adolescencia, cuando juntaba figuritas para completar el álbum de moda, engañaba a sus compañeros al intercambiar imágenes que tenían un valor por otro.  Aseguraba tener una que nadie tenía y la cambiaba por miles, cuando su valor era el mínimo: sólo una.  Pero Juan conseguía convencer a sus amigos, porque por cada figurita que “el vivo” daba, recibía desde dos hasta diez pegatinas.

Cuando se hizo un poco más grande, continuaba igual. No tenía respeto ni por sus propios amigos de toda la vida. Siempre que alguna reunión había, él nunca pagaba. Las excusas eran el arma perfecta de Juan Pardo. No hay justificativo que valga. Decía cosas como: “No tengo efectivo encima”; “Esta  semana no tengo, pero la semana que viene cobro”; “¿Sabés que ando con deudas? Te la debo”. Pero el que debía siempre era él y que mejor que deberle a tus amigos. Para Juan, se traducían como deudas que nunca iba a tener que pagar.

Luego se hizo adulto, pero, su característica personalidad, no cambió en absoluto. Seguía siendo el mismo ventajero de siempre. Pero los suyos, sus amigos, sus familiares, la gente con la que se cruzaba, todavía confiaban en él. Tenía una chispa, algo, no sé. Pero él era un vivo ejemplar de que sí la tenía. No existe una justificación razonable. Sólo es que hay personas que gozan con esta cualidad para mentir, convencer y hacer que los otros sufran para el regocijo propio.

Sin embargo, no siempre tuvo la suerte de engañar a todos. Un día Juan terminó del otro lado del mostrador. Sufrió lo que tanto hizo padecer al resto de la sociedad. Un día conoció a Jorge Alarga: un taimado, ventajero, chanta y tan vivaracho que, en el rubro, Juan no le llegaba ni a los talones. De esas personas que uno no debe confiar en absoluto. Merecidamente, la suerte le jugó una mala pasada porque, esta información, no la conocía el “pobre Juan”.

De esta manera, fue como, mientras el señor Pardo pensaba que se había hecho de la amistad de un gran hombre y compañero, ocurría todo lo contrario. El encuentro se produjo cuando Juan caminaba por la calle y entró a una feria. Dentro de los puestos, había uno que se destacaba para la hábil mente de Juan, que esta vez lo estaba traicionando.

El puesto que dirigía Jorge era el más deslumbrante. Aunque simple. El señor Alarga vendía al público el truco de adivinar dónde se encontraba la pelotita blanca, entre los tres vasos que el “mago” iba mezclando.

Pero Jorge era astuto. Las primeras vueltas dejaba ganar al público, aunque el juego acomplejaba su dificultad, o al menos así, Alarga hacía. Al principio perdía apenas algunas monedas, pero las recuperaba con fangotes de billetes que se gastaba la gente. Algunos furiosos se arremetían contra él. Lo increíble es que Jorge se defendía con los policías de turno ¡Terrible chanta!

Juan quiso conocer al  “mago”. Entablaron amistad. Hicieron algunos negocios para beneficios de ambos. Les hicieron creer a mujeres ancianas que eran sus nietos con la necesidad de dinero aunque el objetivo era quitarles todos sus ahorros; pidieron muchos prestamos que pagaron con billetes que ellos mismos emitían, entre otras innumerables cantidad de delitos.

Sin embargo, un día Jorge le soltó la mano a Juan. Como dicen: “Si vos sos malo, seguro que hay alguien peor”. Eso le pasó a Pardo, quien resultó detenido, mientras Alarga se escapó sin dejar rastros.

Un día Juan y Jorge vendieron un objeto muy caro. Lo habían obtenido pagándolo muy barato. Él objeto eran unas piedras preciosas que un banda de delincuentes japoneses habían robado en el Museo Nacional de China. Se lo vendieron a los jóvenes J para sacárselas de encima y no despertar sospechas dentro de las autoridades asiáticas. Por muy poco dinero, Pardo y Alarga se hicieron con un objeto que valía tanto como el oro.

Los hombres de la historia vendieron las piedras preciosas a un coleccionista. Toda la transacción fue filmada por la cámara del café, en donde estaban sentados, cuando intercambiaron dinero por los objetos de lujo. El pago fue por $60.000.000, cuando las habían pagado originalmente por menos de 5.000.000. Ellos las compraron con plata en efectivo. El coleccionista se llevó las joyas por un grandísimo cheque.

Los J salieron del café en busca de un banco. El cheque lo atesoraba Juan, en su billetera, porque temía que Jorge se fuera corriendo con la importante suma. Sin embargo, luego de caminar dos calles fueron asaltados por un mal viviente. ¡No sólo le robaron las billeteras, sino también la ropa! Desdichados ambos taimados se separaron y cada uno siguió su camino. Juan para su casa y Jorge para la suya. Al entrar en su hogar, el último comenzó a reír y saltar en una pata diciendo a viva voz: “¡Dale campeón!”

Pasaron los días. Los jóvenes J ya no se hablaron. Juan llamó al celular de Jorge. Se había ido del país, estaba en el Caribe, disfrutando de la playa y de la plata que ambos habían conseguido. Para suerte de Jorge, estaba muy lejos de las autoridades. Cuando oyó las palabras, Juan soltó el teléfono sin atinar a decir sonido alguno o al menos a colgar. El móvil cayó al suelo, cuando nuestro personaje entendió que Alarga lo había engañado completamente.

Luego del llamado, se escuchó en la puerta del departamento de Juan Pardo: “Pum- pum- pum. Abra la puerta o la tiramos. Somos la Interpool. Señor Juan Pardo tiene un pedido de detención internacional. Debe entregarse, de inmediato, por el robo y la comercialización de las Piedras Preciosas del Museo de China”.

En ese momento, Juan descubrió que había terminado todo. La amistad con Jorge, la suerte, el ser él que siempre cae de pie y bien parado como los gatos. Juan pasó a ser uno más de todos los que Jorge había engañado.

VICENTE ROCA



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