SIENDO FELIZ
(POR DANIELA CORTES)
Hace 3 años que era una mujer muy
feliz. No sé qué me pasó. Bah sí, lo sé. Pero no fue mi culpa, sólo por ser
mujer me toca esto. Porque no podés tener una hija, más de 30 años y listo.
Parece que querer estar sin pareja es un delito capital. En seguida te quieren
enganchar un novio.
Mis primos de Antioquia me presentaron
a muchos de sus amigos. Pero, sólo uno, me llamó la atención entre tan
diferentes y variados tipos de rostros que conocí, desde bellos hasta
horrendos, desde atractivos hasta poco agradables. Solamente uno me sedujo con
su mirada y su manera de hablar. Tenía una esencia tan angelical ¡Qué tonta que
fui! ¿Cómo no me di cuenta antes?
Si no hubiera sido porque me dejé
llevar por sus encantos, ahora no hubiera sufrido, como tanto padecí ¿Quién me
manda a mí a engancharme con un tipo tan violento como este? Y claro, la misma
sociedad. Porque si lo mirás a mi hermano, él no tiene pareja desde que dejó el
secundario y nadie hace campaña para conseguirle novia, novio, novie… Bah, ya
no sé ni qué le gusta.
Pero bueno. Yo me enganché con
Sebastián. Hasta sonaba bien: Sebastián y Daniela (por cierto, así me llamo,
jajajaja). Al principio era todo muy hermoso. Casi un sueño. Todo el día había
amor, cariño, abrazos y besos por doquier. Parecíamos una dulcería por tanto pegote.
A veces le tenía que decir:
-Sebas, ¿no será mucho tanto amor? Ya
sé que nos amamos, pero a veces necesitamos un poco de espacio. Encima acá en Medellín,
hace un calor increíble y vos todo el día encima. ¡No me voy a ir si un día te
hacés el otro!- le decía combinando seriedad y risotadas. Lo amaba pero, poco a
poco, el amor se fue desvaneciendo.
Hasta que un día, debo haberlo tratado
mal. Porque todo dejó de ser como era. No entiendo. Parece se lo habré dicho de
mala manera o no sé. Pero todo cambió.
En ese momento, ya convivíamos los
tres: mi nena, él y yo. Primero comenzó con dejar de demostrarme cariño, salvo
en los momentos en que realmente necesitaba mimos para convencerme de algo.
Porque, si algo de malo tengo es que, el ego está bien alto: si vos me hacés
doler, yo te voy a golpear donde más te duela.
Antes de que viviéramos los tres
juntos era todo felicidad. Era puro amor, tan sólo eso. Era un hogar alegre porque mi hija vivía con su padre.
Pero cuando se vino a vivir con nosotros todo cambió. No era por ella. Lupita
es una hermosa hija, pobre, como si ella tuviera la culpa. No entiendo porqué
Sebastián cambió tanto. Parece que hubiera pasado del amor al odio, de un día
para otro.
Si bien a Sebas nunca le gustaron ni
los nenes ni las nenas tampoco para ponerse así. Creo que si tengo que marcar
un antes y un después fue cuando, lo reprendí porque la retaba.
-¡Vos no sos su padre como para
retarla! Ella ya tiene el suyo en Arequipa, está lejos pero está- le gritaba
enfurecida cada vez que escuchaba, desde otra de las piezas de la casa, como él
hacía las veces de educador/padre.
Estás peleas a Sebastián no le
gustaban nada. Menos que una mujer le gritara en la casa. Desde el primer día
que le levanté la voz, él comenzó a golpearme. No te voy a decir que la primera
vez lo justifiqué, pero lo entendí.
Una mujer- que vaya casualidad
resultaba ser su novia y, según él, el amor de su vida- le gritaba en su propia
casa frente a sus empleados de limpieza. No debe ser para nada fácil de aceptar
para un hombre. Menos para un hombre colombiano, desde pequeños nos enseñan que
el hombre manda y la mujer obedece. Pero yo no nací para ser sumisa y golpeada.
Lo que no entiendo es porqué me lo
aguanté tanto tiempo. Comenzó golpeándome de a poco. Luego fueron dos o tres
veces por semana. Cuando lo contradecía, cuando le gritaba y cuando reprochaba.
Siempre que yo le llevara la contra, él me golpeaba. Pensar que éramos tan
felices ¿Tanto te va a molestar una nena de 10 años?
Así fueron mis días. Luego de un año
de felicidad, llegaron dos años de maltratos y puros golpes. En ese momento, las peleas se multiplicaron, a
tal punto que eran todos los días.
Si bien no lo veía mucho porque se la
pasaba entrenando, como el resto de los futbolistas, cuando llegaba se armaba
el lío. Él volvía a las 7 de la tarde y otra vez se repetía la misma historia.
Con Insultos, berrinches y golpes
terminaban mis días. Al finalizar la pelea diaria, Sebastián se iba de la casa.
Nunca me decía dónde iba, aunque le insistía hasta el hartazgo. Pero volvía
lleno de besos marcados en muchas partes del cuerpo y un aliento en la boca a
aguardiente y cigarrillos mezclado con olor a transpiración y a ambiente
cerrado, horrible. Tan horrendo como los amigos más feos que me presentaban mis
primos.
Ahora estoy bien, ya pasaron 6 meses
de esos fatídicos momentos que odié hasta el llanto. Gracias a mi psicóloga
tomé la decisión de consultar un abogado y comenzar la denuncia. Gracias a
Dios, junto con mi reclamo penal se sumó la anterior pareja de Sebastián y me
bancó en mi denuncia. Así todo se hizo más fácil.
Él me golpeó en el orgullo y frente a
mi hija, yo le hice doler mediáticamente, donde más le iba a doler y aún le
pesa.
Ahora, el escuálido tendrá que irse a
jugar a la pelotita a Paraguay. ¿Y yo? Yo me vuelvo a Colombia, cuando pase
toda esta mierda de Pandemia. Lo que extraño a mi hija no tiene nombre. Por
suerte, sé que está cuidada, bajo la protección de su padre, pero me gustaría
que este conmigo y con mi familia en Colombia.
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